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ESTACIÓN RETIRO: DONDE NADIE SE QUEDA


Por Luciano Lovecky. Apenas se atraviesan las puertas de la estación de Retiro, el ruido cambia. Afuera quedan los colectivos, las bocinas y el movimiento de la avenida. Adentro aparece otro sonido: ruedas de valijas que golpean contra el piso, anuncios por los parlantes, pasos apurados y voces que se mezclan sin terminar de escucharse.

Son las primeras horas de la tarde y la estación está llena. Algunos miran el tablero de horarios como si esperaran encontrar una respuesta diferente a la que ya conocen. Otros permanecen sentados sobre sus bolsos. Hay quienes comen algo rápidamente antes de subir al tren y quienes simplemente esperan.

Retiro es, para muchos, un lugar de paso. Pero durante el tiempo de espera se convierte en una pequeña ciudad.

Una mujer sostiene a su hijo de la mano mientras busca el andén correspondiente. Un hombre mayor pregunta por un horario. Una pareja discute en voz baja sobre si tienen todos los bolsos. Cerca de ellos, un vendedor ambulante camina entre los pasajeros ofreciendo productos.

—Medias, cargadores, caramelos, tres por mil —repite.

Su voz aparece y desaparece entre el murmullo general. Camina unos metros, se detiene, muestra la mercadería y continúa. No parece tener demasiado tiempo para conversar. En una estación donde todos esperan algo, él también tiene su propia urgencia: vender antes de que salga el próximo tren.

Los vendedores ambulantes forman parte del paisaje cotidiano de Retiro. Algunos llevan bolsos pequeños; otros cargan mochilas o cajas. Ofrecen desde alimentos y bebidas hasta accesorios para celulares. Conocen los horarios de mayor movimiento y también saben reconocer a quienes están dispuestos a detenerse.

“Hace años que vengo. Acá siempre hay gente. Algunos compran porque necesitan algo y otros porque ven que lo tenés barato”, cuenta uno de ellos mientras acomoda su mercadería.

A pocos metros, una joven espera sentada sobre una valija. Tiene los auriculares puestos y mira el teléfono. Cada tanto levanta la cabeza para observar el tablero. Su tren todavía no aparece.

—¿Hace mucho esperás?

—Casi una hora. Vine con tiempo porque prefiero esperar acá antes que perder el tren.

Como ella, cientos de pasajeros convierten la espera en una rutina. El celular es el compañero más frecuente. Se revisan mensajes, redes sociales, horarios, mapas. Algunos miran videos. Otros hacen llamadas. También están quienes aprovechan esos minutos para dormir.

Un hombre de unos cincuenta años está sentado solo, con una mochila apoyada entre sus pies. Viaja hacia el interior del país.

—Voy a visitar a mi hermana. Hace bastante que no la veo —dice.

Habla tranquilo, como si el viaje fuera mucho más importante que la estación. Para él, Retiro es apenas el comienzo de algo que sucede lejos de Buenos Aires.

Esa es una de las particularidades del lugar: cada pasajero llega con una historia distinta.

Hay quienes viajan por trabajo, quienes regresan a sus casas, quienes van a visitar familiares y quienes parten de vacaciones. Algunos conocen perfectamente la estación y se mueven con seguridad. Otros miran los carteles varias veces antes de decidir hacia dónde caminar.

El movimiento aumenta cuando anuncian la llegada de un tren.

De repente, los pasajeros se levantan. Las valijas empiezan a avanzar. Los vendedores cambian de posición. Las familias se agrupan. Los que estaban distraídos con el teléfono guardan rápidamente sus pertenencias.

Durante unos minutos, todo parece acelerarse.

Después, el tren parte.

Y la estación vuelve a respirar.

Quedan algunos pasajeros esperando el próximo servicio, vendedores que continúan caminando y trabajadores que siguen con su rutina. En uno de los bancos, una mujer abre una botella de agua. En otro, un joven duerme con la cabeza apoyada sobre su mochila.

Retiro no se detiene. Cambian las caras, cambian los trenes y cambian los destinos, pero la escena vuelve a repetirse.

Quizás esa sea la verdadera identidad de la estación: nadie permanece demasiado tiempo, pero durante unos minutos todos forman parte del mismo paisaje.

Un vendedor ofrece su mercadería. Un pasajero mira el reloj. Una familia busca un andén. Alguien se despide. Otro llega.

El próximo tren está por salir.

Y otra vez, todos se ponen en movimiento.

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VIERNES DE FERIA: UNA RUTINA DE COMPRAS EN EL PARQUE CHACABUCO


Por Facundo Fernández Machi. Cada viernes a las 8 de la mañana, la cuadra de Emilio Mitre entre la Avenida Asamblea y Salas cambia por completo. El tránsito habitual se corta y aparecen los camiones, las estructuras metálicas y los gazebos grises y amarillos de la Feria Itinerante de Abastecimiento Barrial (FIAB). El comienzo está marcado dos horas antes, por el ruido de los caños contra el piso, los motores de los camiones térmicos y los feriantes apurados por descargar antes de que lleguen los primeros clientes de la zona.

El movimiento de vecinos es constante desde temprano, y las opiniones sobre el marcador están divididas entre la practicidad y el debate por los precios. “Vengo a las nueve porque a esa hora el pescado está intacto y no hay tanta fila”, cuenta Marta, jubilada y vecina de la calle Miró. Ella camina directo al puesto de pescadería buscando la merluza en promoción. “Hay que saber elegir. El camión de lácteos y fiambres tiene precios económicos, pero en la verdulería si te descuidás pagás lo mismo o más que en cualquier supermercado”.

Detrás de los mostradores, la feria es un oficio de resistencia climática y rutina estricta. José, que atiende uno de los puestos principales de frutas y verduras, explica su jornada mientras acomoda las verduras para darle vista a su mercadería: “Nosotros arrancamos a las cuatro de la mañana cargando todo en el Mercado Central. Estar en la calle tiene su costo; la gente cree que al no pagar un alquiler de local todo debería valer la mitad, pero el mantenimiento de los camiones, el hielo, la logística y el canon a la Ciudad también pesan”. Al lado, un cliente habitual que recorre los puestos comenta: “Nosotros venimos por la comodidad de tenerlo frente al parque, además de cómo te atienden. Siempre tienen buena predisposición, te explican los precios y si les preguntás por algún producto te orientan. Eso se agradece”.

El perfil de los compradores cambia drásticamente cerca del mediodía. Los carritos cargados de los madrugadores dan paso a gente más joven, estudiantes y trabajadores de la zona que caminan entre los stands con el celular en la mano. “Aprovecho el viernes porque con la aplicación de las ferias o pagando con algunas billeteras virtuales tengo reintegros y descuentos”, comenta Santiago, vecino de la Avenida Directorio, mientras espera para comprar un kilo de queso fresco en el camión de lácteos. “Para el laburante que pasa rápido, resuelve el almuerzo o el gasto del fin de semana sin dar vueltas”.

Hacia las 14 horas, los precios bajan mientras buscan vender los últimos productos de la jornada. “¡Últimos tres kilos de mandarina por tres mil pesos!”, resuena en la vereda mientras los feriantes empiezan a limpiar las balanzas y a apilar los cajones vacíos. Para las tres de la tarde, las mangueras limpian el asfalto, los camiones arrancan hacia su próximo destino y la calle Emilio Mitre vuelve a ser la de todos los días, dejando el espacio listo para las ferias artesanales o gastronómicas que copan el Parque Chacabuco durante el fin de semana.

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PLATENSE AYUDA


Por Lucas Latino. El Club Atlético Platense no solo es un simple club de futbol, es una bandera para la comunidad de Vicente López.

En el marco de un encuentro de envergadura entre “el calamar” y Boca Juniors en el que la visita llevaba más de diez mil personas, el departamento de acción social, derechos humanos e inclusión de Platense lanzó algunas campañas para ayudar tanto a socios del club como a vecinos del barrio y alrededores. Dichas campañas se realizaron durante el fin de semana pero no al mismo tiempo.

Las principales iniciativas que organizó la institución fueron:

Colecta de sangre comunitaria: fue organizada con la ayuda de la Cruz Roja Argentina en la sede del club con el fin de reforzar los bancos de sangre de hospitales públicos. Luego de donar, cada participante recibió un desayuno preparado por los voluntarios de “platense ayuda” en un gran clima de compromiso social.

Campaña de abrigo o “frio cero”: se basó en la recolección de frazadas, ropa de abrigo y calzado que luego el club entregara a personas en situación de vulnerabilidad o de calle durante lo que resta del invierno.

Acciones solidarias por el dia de la niñez: En el marco de la previa del Día del Niño, encargados del club recibieron juguetes, libros y alimentos no perecederos que luego se distribuirán a distintos comedores y merenderos de la zona.

Y me quiero detener en el día domingo, el día del encuentro contra Boca, en donde se realizó la colecta por el día de la niñez. La gran solidaridad de los vecinos del barrio de Vicente Lopez emocionabá. La gran cantidad de peluches, juguetes y alimentos que dejó la gente es inmensa. Tuve la posibilidad de hablar con Geronima, vecina del barrio de Saavedra, me comentaba lo siguiente: “Soy socia de Platense desde que nací, tengo 89 años, iba con mi padre a la cancha todos los fines de semana que Platense jugaba de local en el viejo estadio de Cramer y Manuela Pedraza. Siento que el club me dio tanto en mi vida que siempre que puedo, vengo y colaboro en lo que necesiten. No me sobra mucho, es la realidad, pero se que hay personas en peor situación que la mia y necesita de mi granito de arena. Eso me llena el alma”

Desde la organización del club, expresaron su agradecimiento a cada una de las personas que colaboraron y donaron en las distintas campañas llevadas a cabo.

El encuentro deportivo, que quedó en un segundo plano, terminó 1 a 1 entre Calamares y Xeneizes con goles de Retamar para el local y Merentiel para la visita en un gran marco pocas veces visto gracias a la presencia de ambas hinchadas.

Pero la gran jornada que se vivió en Vicente López no se debe solo a lo deportivo, si no al compromiso de la sociedad y de la gente del barrio hacia las personas que más necesitan en un momento delicado. La fiesta fue dentro y fuera del estadio. 

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VACACIONES DE INVIERNO EN PINAMAR

Por Luca Palmas. Terroríficos. Uno atrás del otro, y un cielo encapotado que les da un toque cinematográfico. En lo más alto de las palmeras y los pinos. Las plumas fosforescentes. Los loros. El ruido que producen, el único que se escucha a esa hora en Bunge, la avenida principal de Pinamar, es perturbador: suspende los pensamientos y hace olvidar del frío. La calle parece vacía, los policías perdidos en sus teléfonos celulares, los locales cerrados, olor a madera vieja, las sillas patas para arriba. Los motores V8 de las camionetas están silenciados. Los otros vehículos son taxis: Ecosport, Sandero, Corolla. Verdes y blancos. Todos cero kilómetro, sin pasajeros. 

Son las cinco de la tarde de un sábado de julio. Disculpá, ¿estamos en las vacaciones de invierno?, pregunta un hombre con la mitad del torso metido en uno de los tachos de basura municipales. Tiene una visera en la cabeza y está apenas abrigado. El pibe que pasa a su lado, de pantalones holgados y zapatillas Nike Jordan, se saca un auricular inalámbrico decidido a responderle, pero continúa su marcha apurada. “Ni idea, amigo”.

Una pregunta sin respuesta, tanto en la teoría como en la práctica. ¿Qué son las vacaciones de invierno? ¿Son cuando un chico termina la primera parte del ciclo lectivo? ¿El hombre de los contenedores goza de vacaciones de invierno? Las puertas de las casas tienen escombros, bolsas de cal, ladrillos apilados. En enero, ya con el regreso del calor, es difícil encontrar tiendas con descuentos del 50, 30 o 15%, promociones con Modo o Mercado Pago, cuotas y cuotas interminables. Los policías, con boina bordó y chalecos verde guerra como si estuvieran en la Batalla de San Lorenzo, hacen un operativo a una casa de jóvenes alquilada para fiestas. Se meten en la pelea de jubilados por la posición de una sombrilla, uno que llegó primero y el otro que dice que siempre para en ese lugar. O ayudan a una familia despistada a localizar al despistado de su hijo. Y así se les va el verano. En temporada baja, parados frente al cartel homenaje "La ciudad de Pinamar, a su creador, Jorge Bunge. Octubre de 1962", parecen esculturas vivientes. Para colmo, están los loros. 

“Dale, botón, ayudá a cruzar la calle a la señora. Sacate la gorra y dejá a los pibes pasar con las motos con el escape pinchado. ¿Dónde está nuestro amigo El Toooopo, topo, churros?”

Una policía camina rumbo al McDonald 's, entre departamentos con moho y paredes despintadas, mientras el viento se le cuela por el cuello del uniforme. Se pasa crema de cacao por los labios entrecortados. Sus botas relucen, novatas de bronca. El conflicto a solucionar era imprevisto. Los empleados lugareños mantenían la calma, andaban a paso lento y charlaban mientras despachaban las hamburguesas McÁlvarez, Mc Fernández y Mac Allister. Los turistas, en cambio, estaban ansiosos y molestos: uno, con suéter anudado al cuello, reclamaba por una Cajita Feliz sin el juguete correspondiente. Otro, por un vaso de café con la tapa floja. La policía, con cuatro o cinco palabras, terminó la disputa. El resto siguió colgado en las pantallas táctiles para hacer pedidos. Ella regresó a su característica vigilancia de la nada.

El mar, las antenas de DirecTV, las casillas de los guardavidas, el tufo que sale de las canillas y algunos loros desorientados son los únicos remanentes del verano. Ahí está, entonces, la respuesta que nadie le dio al hombre del tacho: las vacaciones de invierno son la pausa del colegio. La cartelera del cine Oasis lo confirma: en una misma semana da Minions subtitulada y doblada, Madagascar subtitulada y doblada, Moana subtitulada y doblada, Toy Story 5. El recuerdo del verano deja a los padres en situaciones entre chistosas y patéticas. “Nos sacamos una todos juntos, arriba de la tabla, haciendo surf”, comenta una madre en la puerta de la heladería El Piave, en una tarde donde las merluzas del muelle llegaron con traje de neopren puesto.

La farsa veraniega termina en el congelado tobogán playero. O mientras se camina por Pinamar Norte, la zona de los exclusivos chalets: sin bolsas en los tachos y sin autos en las entradas de las casas, la calle parece la previa a un after beach sin invitados. El sentimiento es que algo siempre está por pasar. Suena un caño de agua. Nada más ocurre. 

Cerca de la terminal de micros, en la entrada a la ciudad, el hombre de la visera todavía busca, saca, guarda, tira. Los loros tampoco saben cuándo terminan las vacaciones de invierno, si es que han empezado. Uno de ellos, aburrido en la cúspide, cita al loro que el músico Ricardo Iorio cuidó en su casa: “Me dejaron solo acá, loco”.

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CINE LORCA: UNA EXPERIENCIA MÁS ALLÁ DEL SÉPTIMO ARTE

Por Álvaro Ortiz. 15 minutos antes de las 14. Unos cuantos curiosos detienen su paseo por la Avenida Corrientes ante una serie de posters pegados en puertas de vidrio. Grandes éxitos de la cartelera cinéfila actual como “La Odisea” comparten exposición con gemas escondidas por fuera del circuito comercial, como la española “Los domingos” o la francesa “Los colores del tiempo”. Aunque algunos siguen su recorrido con esta detención como una simple anécdota, otros deciden cruzar las puertas de un espacio capaz de reunir cultura y comunidad en pleno corazón de Buenos Aires: el Cine Lorca. “Una de las mejores salas de Avenida Corrientes, dedicada al Cine Arte” Un eslogan escueto y directo destaca en su descripción en redes sociales, dedicadas a pequeñas reseñas y fichas técnicas de la cartelera. El cine abre sus puertas. Una pareja se acerca a la boletería y es saludada por el control de ingreso a salas. Deciden comprar una entrada para más tarde, pues planean almorzar cerca del cine. “Hace más de 10 años que venimos juntos, ya es parte de nuestro fin de semana” comenta Norma, mientras se despide de todos. Vale la pena preguntarse entonces el secreto detrás de este ambiente tan particular. Lautaro, encargado de la boletería lleva ya un par de meses recibiendo a cada visitante. El joven combina su rutinaria labor con la de una especie de asesor cultural. Recomienda funciones específicas (sobre todo si ocurren en el mismo horario), alcanza información propia de los próximos estrenos y sus responsables y hasta se da un tiempo para responder preguntas de todo tipo cuando las salas ya se encuentran en función. “En mi opinión, creo que la gente regresa por la tranquilidad que el Lorca transmite. Más allá de los precios, la gente se siente segura y relajada aquí”. Mientras Lautaro conversa, múltiples visitantes compran entradas para las funciones de las 18. Para muchos, el cine ya no es solo una actividad programada con anticipación, sino también una agradable sorpresa al finalizar un recorrido por la imponente Corrientes. El primer turno, compuesto en su mayoría por adultos de la tercera edad, se retira de las salas en medio de conversaciones sobre lo que acaban de ver, lo que les gustó y lo que no. Una pareja, incluso, regresa a la boletería a comprar una entrada para el día siguiente. Fuera de una ubicación estratégica a pocas cuadras del Obelisco, el interior del Lorca invita a sus visitantes a regresar. Dos salas componen un pequeño edificio que parece camuflarse entre un par de construcciones mucho más altas. El recorrido hacia cada una se ve acompañado con afiches de los futuros estrenos, como el regreso de Alejandro González Iñárritu con “Digger”, Llega la última función del día. Como si se tratara de una procesión religiosa, un largo pasadizo sobre la planta baja finaliza con la sala principal del recinto, fácilmente reconocible por sus casi 40 filas de asientos. Parejas adultas, jóvenes curiosos y grupos de amigos se reúnen el fin de semana, mientras un cover de “Losing my Religion” de REM en las afueras del cine actúa como banda sonora de esta gran experiencia colectiva. La función fermina 20 minutos después de la medianoche. Poco tiempo más tarde, la sala del segundo piso se libera también, con el debate sobre la última película de Christopher Nolan como centro. Si fue mejor que “Oppenheimer” (la inmediata predecesora del cineasta británico), si su retrato del viaje de Ulises (u Odiseo) está a la par del clásico relato griego y si valdría la pena volver a verla antes de su retiro de salas. Con el espíritu revitalizado por el séptimo arte, el cine Lorca cierra sus puertas en medio del movimiento natural de la noche bonaerense La vida continúa para Lautaro y los demás empleados. Cada uno regresa a casa después de detenerse un momento ante el Obelisco y los shows alrededor de la calle. Para ellos, la rutina de 14 a medianoche se repite día a día y todos los amantes del cine agradecen ese sacrificio.

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EL SUEÑO DE SER PROFESIONAL EN EL TENIS

Por Giuliano Capozzi. Volví al club luego de un largo tiempo y me encontré con la misma familiaridad de siempre, la calidez de las voces conocidas, el olor a polvo de ladrillo recién regado y el sonido de las pelotas contra las cuerdas de las raquetas. Son las tres de la tarde y a pesar de que es invierno, el sol hace notar su presencia en un día agradable para jugar al tenis en el Club Atlético Comercio.

En este horario se realiza el primer turno de entrenamiento. Al caminar rumbo a las canchas, me encontré con Tomás y Benjamín, compañeros de mi etapa como jugador. Ambos entraban en calor, elongando y haciendo los ejercicios preventivos para activar el cuerpo, con una concentración de quien repite esa rutina desde hace años. Al verme, Benjamín me recibió con una sonrisa, con ganas de conversar tras tanto tiempo.

Benjamín, tiene 19 años, entrena todos los días con el fin de dedicarse profesionalmente en el futuro, aunque reconoce que es un deporte que requiere equilibrio en la parte mental: "Fui un tiempo al psicólogo, pero lo dejé. Igualmente lo recomiendo porque a veces hay situaciones desde afuera que se ven de forma muy clara y quizás desde adentro no sabes qué hacer". 

Luego, me acerqué a la zona de las parrillas, donde estaba Tomás con su raquetero Babolat, colocándose una vincha para que el pelo largo y ondulado no lo moleste mientras juega. Lo tomé por sorpresa y cuando me vio, dejó sus cosas a un costado y se tomó un tiempo para hablar. A sus 20 años, socio del club desde su infancia, disfruta pasar tiempo allí: "Me encanta venir acá, lo siento como si fuera mi casa". También hizo referencia a lo que está trabajando para mejorar: "Me estoy concentrando en ser más efectivo e intentar jugar más cansado, con el objetivo de pasar la mayor cantidad de bolas posibles". Ese entusiasmo, sin embargo, convive con una realidad distinta, la cual me describiría Cristian más adelante.

Mientras me despedía, llegaban canastos con pelotas y más chicos a las canchas para empezar la práctica. Junto a ellos aparecieron redes y conos para realizar distintos ejercicios tácticos tanto para variar las direcciones como las alturas en el juego. Se utilizaron dos canchas con cuatro personas en cada una. Me quedé un rato y noté una gran intensidad, con vistas a los próximos torneos. Una vez terminados los trabajos, comenzaron a hacer puntos con el foco de aplicar lo trabajado en el día. 

Finalizado el entrenamiento, los chicos salieron y de forma rápida se cambiaron el calzado para empezar la parte física. Algunos recuperaban energías con geles, frutas y bebidas isotónicas. Cinco minutos después, acompañados por el preparador físico, subieron la escalera para ir al gimnasio y continuar los trabajos.

Tiempo más tarde, fui a saludar a Cristian, director de la Academia de Alto Rendimiento y uno de mis entrenadores durante años. "Hola negrito, ¿qué hacés por acá?", me comentó, sorprendido por verme. Apurado por dejar todo listo para el próximo turno, hablamos poco, pero lo que alcanzó a contarme generaba cierto contraste respecto a lo que me habían comentado Tomás y Benjamín: "Hay poca tolerancia a la frustración. En la menor complejidad los chicos se descontrolan, eso hace que se desmotiven y a la larga dejen de jugar". 

También destacó la importancia económica que requiere el camino al profesionalismo: "Hay entrenamientos que van desde los $200.000 a $800.000 pesos mensuales dependiendo si es medio turno o completo, más el trabajo físico que es aparte". Esto muestra las dificultades del camino a medida que el objetivo se acerca. 

Una vez terminada la charla, lo saludé y caminé hacia la salida. Afuera, el sol caía de a poco, pero las pisadas en el polvo de ladrillo seguían, las indicaciones de los profesores a los jugadores y el sonido de las pelotas en las cuerdas de las raquetas todavía se escuchaban a lo lejos.

Esto es un poco de la realidad que viven aquellos chicos que quieren llegar lejos en este deporte. Detrás de la preparación, el sacrificio, la frustración y lo económico, hay un sueño que espera hacerse realidad.

UN DÍA EN UN GIMNASIO DE LOMAS DE ZAMORA

Por Franco Pol Zelinka. Son las cuatro de la tarde y el movimiento en el gimnasio empieza a cobrar cuerpo. A esa hora el espacio funciona de manera similar a una pileta de natación a la que le están abriendo la canilla: hay espacio de sobra entre los andariveles, las máquinas de musculación están libres y el murmullo de la música de fondo amortigua el choque de los primeros discos metálicos. En la entrada, las recepcionistas saludan a cada persona que cruza la puerta automática. Joselyn, de origen colombiano, sonríe detrás del mostrador mientras orienta a un usuario que intenta loguearse en la app del gimnasio. 

"A partir de las cuatro el flujo no para hasta la noche; la idea es que la gente sienta que entra a un lugar organizado desde el primer segundo", comenta en un respiro entre consulta y consulta. Para ingresar no hay carnets ni fichas: cada socio apoya la pantalla de su celular con la aplicación oficial en el lector del molinete, que emite un pitido seco y destraba el acceso.

El edificio está distribuido en tres plantas. En la planta baja, hileras de cintas para correr, elípticos y plataformas de poleas estructuran el espacio. La actividad empieza en los vestuarios, donde se escucha de fondo el golpe constante de los lockers de metal al cerrarse y el correaje de los bolsos. En los pisos superiores, a las 16:15, Rodrigo, de 22 años, ajusta el tope de una barra olímpica en el primer piso. Lleva auriculares grandes y una botella de agua de dos litros. "Vengo a esta hora porque después de las seis se complica conseguir un banco libre. Prefiero meter dos horas de hipertrofia de corrido y liquidar la rutina temprano", explica sin sacarse del todo los auriculares. 

Con el paso de las horas, la ocupación del gimnasio cambia de escala. Hacia las 18:00, la marea alta es evidente. El movimiento de gente que llega directo del trabajo o de la facultad llena los tres niveles. En el Salón de Usos Múltiples (SUM) empieza la clase de Cross Funcional, dictada por la profesora Ailén. La dinámica dentro de la sala muestra un código social particular: varios socios entran diez minutos antes no solo para estirar, sino para guardar espacio, colchonetas o mancuernas a sus amigos y asegurarse de entrenar en grupo.

Muchos usuarios optan por rutinas combinadas. Esteban, de 46 años, es uno de ellos. Trabaja en una oficina del centro y pasa primero por el sector de musculación para hacer ejercicios de espalda antes de sumarse a las clases grupales. "Si me voy a mi casa directo del trabajo, me quedo sentado en el sillón y no salgo más. Acá vengo, le meto a las máquinas un rato y después voy a la clase a terminar", sintetiza mientras se seca la frente con una toalla.  A las 19:00, el SUM cambia de sonido cuando Candela toma la conducción de la clase de Zumba. Los ritmos latinos y las coreografías aceleradas ocupan la totalidad del salón.

El clímax del turno tarde ocurre a las 20:00 con la clase de Funcional, la más concurrida de la grilla diaria. En esta oportunidad coincide una convocatoria de 34 personas en simultáneo. El espacio se aprovecha al máximo: se arman estaciones de trabajo con pesas rusas, bandas elásticas y demás elementos. La heterogeneidad del grupo es notable. A pocos metros de jóvenes universitarios entrena Estela, de 61 años, quien comenzó a ejercitarse por primera vez en su vida hace pocos meses. Estela asiste a las clases de Funcional y Cross Funcional cada vez que puede. "Jamás pisé un gimnasio en mi vida por vergüenza, pero acá encontré un grupo hermoso. Los chicos me ayudan con las cargas y la profesora adapta todo para que yo pueda seguir el ritmo a mi manera", cuenta con entusiasmo al finalizar una serie de estocadas.

A lo largo de la jornada, la atención al detalle operativo y el mantenimiento resultan visibles. El equipamiento y los materiales se ven prácticamente nuevos, sin desgastes en los tapizados de los bancos ni en la goma de las mancuernas. Apenas finaliza cada clase grupal, un trabajador del equipo de limpieza ingresa al SUM con pulverizador y paños para desinfectar y repasar las colchonetas una por una antes de guardarlas en los estantes.

Hacia las 21:00, la exigencia física empieza a mostrar su impacto en el ambiente. Aunque la gente ingresa al establecimiento con rostros serios, gestos de cansancio y los hombros tensionados por la jornada laboral, la salida muestra un contraste marcado. Las posturas cambian, los rostros se relajan y aparecen las conversaciones distendidas en la puerta. Esta transformación tiene una explicación biológica documentada: la actividad física promueve la segregación de endorfinas y neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, sustancias asociadas a la regulación del estado de ánimo y la disminución del dolor. Al mismo tiempo, el ejercicio reduce los niveles de cortisol, la hormona vinculada al estrés acumulado.

A las 21:30, la pileta vuelve a vaciarse. Los molinetes suenan con menor frecuencia y en los pisos superiores las luces de algunos sectores comienzan a apagarse. Joselyn despide a los últimos socios desde la recepción mientras los vestuarios quedan en silencio. A las diez de la noche, las persianas bajan y el gimnasio recupera la quietud, listo para reiniciar el circuito al día siguiente.

Imagen ilustrativa creada con Gemini AI - La imagen no refleja el lugar de la crónica


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TRES PODCASTS DE ESTUDIANTES UMSA: TRES REALIDADES EN FOCO


Estudiantes de la Práctica de la carrera de Periodismo de la Universidad del Museo Social Argentino (UMSA) analizan diferentes realidades en una serie imperdible de tres podcasts de investigación. Te invitamos a escuchar sus informes especiales sobre la situación de los trabajadores de aplicaciones de delivery en Buenos Aires, la problemática del mantenimiento de las rutas en el país y el acceso a herramientas digitales en las escuelas de Argentina. Un recorrido sonoro periodístico con datos, testimonios y voces de protagonistas. Imperdibles. Dale play. Los estudiantes de periodismo que desarrollaron los podcasts son: Sol Agustina Paredes, Joaquín Bahamonde, Felipe Leivas, Melisa Cardozo, Julián Sanguinetti, Ignacio Cabarcos y Andrés Pinzón. 


1 - Ser trabajador de aplicaciones de delivery en Buenos Aires

Por Julián Sanguinetti, Ignacio Cabarcos y Andrés Pinzón

2 - La brecha digital en las escuelas - 

Por Sol Agustina Paredesy Joaquín Bahamonde

3 - Rutas argentinas: deterioro e inseguridad

Por Felipe Leivas y Melisa Cardozo



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PEDALEAR PARA LLEGAR A FIN DE MES (CRÓNICA)

Por Julián Sanguinetti, Ignacio Cabarcos y Andrés Pinzón. A las cuatro de la tarde, Gabriel apoyó el celular sobre el soporte de la bicicleta y se conectó a la aplicación. Estaba parado en una esquina de Palermo, cerca de varios locales de comida rápida donde normalmente empezaban a aparecer pedidos a esa hora. Mientras esperaba la primera notificación, tomó un poco de agua y miró cómo otros repartidores iban llegando de a poco a la zona. Algunos charlaban apoyados contra las motos; otros revisaban constantemente la pantalla del teléfono, atentos al sonido que marcaba el inicio de un nuevo viaje.

Hacía varios meses que trabajaba como repartidor para una aplicación de delivery. Había empezado buscando una forma rápida de ganar plata y sostenerse por un tiempo. Según contaba, el trabajo era “medianamente rentable”, aunque eso dependía de muchas cosas: la cantidad de horas trabajadas, la zona, las propinas y, sobre todo, el vehículo que se usará para repartir.

Él trabajaba en bicicleta.Decía que en moto probablemente se ganara mejor, pero que arriba de la bicicleta el desgaste físico era mucho más evidente. Aun así, se había acostumbrado a pasar largas horas pedaleando entre autos, colectivos y semáforos. La rutina empezaba siempre igual y terminaba cerca de la medianoche. “Cuanto más trabajas, más ganas”, resumía.

Por eso rara vez descansaba durante los horarios fuertes. De lunes a lunes, salía desde las cuatro de la tarde hasta las doce de la noche. Los fines de semana incluso se quedaba un rato más porque eran los momentos con más pedidos y mejores ganancias.

Apenas apareció la primera orden en la pantalla, Gabriel arrancó por Avenida Santa Fe rumbo a un local de sushi. Entró, dijo el número del pedido y esperó junto a otros repartidores que ocupaban casi toda la entrada del comercio. Algunos hablaban sobre promociones de las aplicaciones; otros comparaban cuánto habían ganado esa semana.

La espera era parte del trabajo. A veces los pedidos estaban listos enseguida y otras veces podían demorarse varios minutos. Mientras tanto, los repartidores seguían pendientes del tiempo porque cada entrega representaba dinero.

Cuando salió del local con la bolsa guardada en la mochila térmica, volvió a pedalear rápido entre el tránsito de Palermo. Ya conocía las calles donde más convenía moverse y cuáles evitar en horarios pico. Según explicó, zonas como Recoleta y Palermo eran las que más trabajo generaban porque había muchos restaurantes y clientes que usaban constantemente las aplicaciones.

También decía que en esos barrios las propinas hacían una diferencia importante. En Buenos Aires, contaba, la cultura de dejar algo extra ayudaba bastante a los repartidores. Muchas veces, la plata de las propinas terminaba siendo casi tan importante como el pago de la propia aplicación. Sobre todo porque parte de las ganancias se iban en descuentos, comisiones y gastos como el monotributo, obligatorio para trabajar en algunas plataformas.

A mitad de la noche, Gabriel frenó unos minutos cerca de Plaza Italia para comer algo rápido. Sentado sobre un banco, apoyó la bicicleta a un costado y revisó cuánto llevaba ganado hasta ese momento. Comentó que, trabajando fuerte y aprovechando bien los horarios, podía sacar una diferencia interesante. Aunque aclaró que el esfuerzo físico era grande y que no imaginaba haciendo eso toda la vida.

Siempre había pensado el delivery como algo temporal. La idea era ahorrar una parte de lo que ganaba para después dedicarse a otra cosa. Según él, muchos repartidores terminaban acostumbrándose a vivir el día a día y gastaban toda la plata apenas la cobraban. Él intentaba evitar eso. Quería usar el trabajo como una ayuda momentánea, no como un destino definitivo.

A pocos metros, otros repartidores descansaban mirando videos desde el celular o hablando sobre bicicletas y aplicaciones. Muchos combinaban el delivery con otros trabajos o estudios. Algunos hacían jornadas completas; otros, como Gabriel, aprovechaban sus horas libres para sumar ingresos extra después de salir de otro empleo.

Con el correr de la noche, el movimiento aumentó todavía más. Las mochilas naranjas y rojas se mezclaban entre las luces de los restaurantes abiertos y el ruido constante de la avenida. Gabriel seguía aceptando pedidos casi sin detenerse. El celular vibraba apenas terminaba una entrega y enseguida aparecía otra dirección en el mapa.

Cerca de las doce, finalmente decidió desconectarse. Frenó en una esquina de Recoleta, se sacó el casco y volvió a mirar el resumen del día en la aplicación. Había trabajado varias horas seguidas y todavía tenía que levantarse temprano al día siguiente para cumplir con su otro empleo.

Antes de irse, guardó el celular en el bolsillo y se quedó unos segundos mirando el movimiento de la ciudad. Algunos repartidores seguían esperando pedidos frente a los locales abiertos; otros recién empezaban el turno de la madrugada.

Gabriel, en cambio, volvió a subirse a la bicicleta y arrancó despacio por la avenida. Al día siguiente probablemente repetiría la misma rutina: pedalear durante horas, perseguir pedidos y tratar de guardar algo de plata para pensar, más adelante, en un trabajo distinto.